By The Elk
Storia I:
Quando ero piccola avevo paura del buio, dei mostri, di
tante cose. In realtà non si dovrebbe avere paura di tutte queste cose, ma è
una cosa che impari quando sei più grande e proprio perché hai avuto paura da
piccola, altrimenti non te ne accorgeresti. Quando diventi grande (si può dire
che diventiamo grandi? In fondo, che vuol dire essere grandi? Ma per questa
volta lasceremo perdere…) inizi ad avere paura di altre cose, forse più
concrete, o forse solo più noiose, più grigie.
Alla fine, senza accorgertene, inizi a pensare solo a ciò
che una cosa è e ciò che devi fare perché una cosa sia, senza sognare, senza
sperare, e disegni tutto un tratto, nero, spesso, solido, intorno alla tua
vita.
Questo maledetto tratto lo odio, non mi piace per niente.
Che me ne faccio di quello che ho dentro a questo spazio limitato quando posso
avere tutto quello illimitato nella mia mente? Magari più colorato, più
interessante. Una città invisibile, una città di carta, una città di fuoco,
oppure neanche una città, un mondo, un cielo, una pianura, che mi importa? È
tutto quello che può essere e non essere.
Alla fine fuggire è stato facile, è bastato immaginare
una fune.
Era el
límite. Sabía que lo era. No podía más:
La presión en el pecho. La dura contracción de
los abdominales. Se encorvó ligeramente. Esas punzantes e interminables
arcadas… La garganta bloqueada por esa lágrima que se niega a salir. El grito
de auxilio, ahogado, no llega a gemido. Con resignación aprieta la mandíbula
mientras es corroído por la impotencia.
Una lágrima, ácida y demoledora, pero no más
que psicológica, deja su rastro hasta caer sobre el pecho. Ambas lágrimas se
encuentran, una inexistente y dolorosa, la otra salada y orgullosa. A ambas las
sigue la mano, que aprieta ahora, mientras se oye un sollozo. Dolería donde
estaría el corazón, si todavía lo tuviera.
Rodillas al suelo, la frente al glaciar de la
baldosa, sin darse al lujo de haber cerrado antes los ojos. Si ha de abrirlos
más, al darse cuenta, perplejo, de su situación. Los ojos rojos, indudablemente
rojos. Una gota de sudor, de las ya excesivas que cubrían su entumecido cuerpo
se escurrió por la marmórea cara para diluirse en el ensangrentado ojo. ¿A
hacer compañía a sus también saladas amigas? Independientemente del motivo, sin
duda fue la gota que colmó el vaso.
Sí, le esperaba la muerte. Sí.
Eso pensaba mientras miraba con sus
ensangrentados ojos de su fría cara de su paralizado cuerpo el suelo.
Nada hizo que dejara su casi fetal posición
hasta un otro golpe en el pecho. Uno no.
El golpe. Ese golpe. El tal. El uno. El suyo.
Su golpe.
Jamás
lo habría podido aguantar. Este no era su mundo. Ni lo sería nunca. Pero no es
que importe ya. Porque polvo es. Porque a la nada se reduce su existencia. Y de
la nada no tiene sentido desperdiciar ni una palabra más.
Escrito por: Garrodi
